Open de Australia: La calor extrema que pone al límite a jugadores como Sinner y Tsonga
En Melbourne, en enero, el calor no se limita a acompañar el juego: se impone como un adversario en toda regla. En pleno verano, el Open de Australia, primer gran cita de la temporada tenística, se convierte a veces en una prueba de resistencia extrema. Desmayos, abandonos y escenas de sufrimiento se multiplican, mientras los jugadores intentan refrescarse por todos los medios.
Más allá del reto deportivo, algunos partidos adquieren entonces tintes de lucha por la supervivencia, bajo temperaturas que pueden superar los 40 grados. Ante esta realidad, Tennis Australia, el organismo organizador del torneo, ha implementado progresivamente medidas para limitar sus efectos.
Queda una pregunta central: ¿son suficientes estas respuestas ante la intensificación de los episodios de calor extremo?
EL OPEN DE AUSTRALIA, UN GRAND SLAM BAJO ALTAS TEMPERATURAS

Cada año, la temporada tenística arranca con una cita imprescindible: el Open de Australia, disputado en Melbourne. En pleno verano, período a priori ideal para el tenis al aire libre, Oceanía acoge durante casi un mes a los mejores jugadores y jugadoras del mundo.
Desde los torneos de preparación —United Cup, Brisbane, Adelaida, Auckland o Hobart— hasta la primera levada del Grand Slam, el calendario es denso y muy esperado.
Sin embargo, pese a unas instalaciones modernas y un torneo muy apreciado por los actores del circuito, un adversario mayor se impone cada año: el calor.
En Melbourne, bajo la mirada atenta de numerosos medios, las condiciones climáticas concentran todas las críticas. Las temperaturas mínimas rondan regularmente los 30 grados y pueden, algunos días, superar ampliamente los 40 grados.
Si la ciudad está acostumbrada a estos episodios de fuerte calor, su frecuencia se ha incrementado notablemente durante el siglo XXI. Los períodos de canícula son ahora más largos, más intensos y más repetidos, transformando progresivamente el entorno del torneo.
«¡Puedo haceros una tortilla para el desayuno!»
En enero de 2009, Melbourne registra tres días consecutivos por encima de los 43 grados, un récord. Apenas unos días después del final del Open de Australia, el 7 de febrero, el termómetro sube incluso hasta los 46,4 grados.
Un guion similar se repite en 2014, marcado por este comentario irónico del francés Jo-Wilfried Tsonga: «¡Con dos huevos, os hacía una tortilla tranquila para el desayuno!».
Más recientemente, en 2022, la ciudad vive 17 días consecutivos por encima de los 30 grados, una serie inédita desde hace 48 años. Incluso los partidos nocturnos ofrecen entonces un respiro limitado: las temperaturas nocturnas oscilan en promedio alrededor de los 18 grados, dejando poco margen a una verdadera frescura.
Las «night sessions» insuficientes para evitar los picos de calor
Estas situaciones de calor extremo son ya moneda corriente en Melbourne. Además del pleno verano, la pista dura, que acumula mucho calor, acentúa la sensación de bochorno sentida por los jugadores.
Pese a la implantación de «night sessions», que comienzan a partir de las 19 horas, la mayoría de los encuentros siguen programados en las horas más calurosas del día.
El torneo se ve así obligado a lidiar constantemente con un clima difícilmente controlable. Durante mucho tiempo considerada una simple prueba de carácter, la capacidad para resistir el calor se cuestiona hoy en día.
Lo que antes era un desafío deportivo plantea ahora interrogantes sobre la salud de los jugadores. En este sentido, el Open de Australia se erige como un revelador de las tensiones entre tradición, exigencias físicas y nuevas realidades climáticas.
JUGAR BAJO TEMPERATURAS EXTREMAS: LOS RIESGOS Y LÍMITES QUE ENFRENTAN LOS JUGADORES

«Nos envían al matadero». En 2018, estas palabras contundentes las pronuncia Alizé Cornet tras su derrota en tercera ronda ante Elise Mertens.
Ese año, el Open de Australia vive una primera semana particularmente dura, marcada por una ola de calor intensa, cuyo pico se alcanza entre el jueves y el viernes, con temperaturas entre 38 y 41 grados.
Cornet continúa su explicación denunciando condiciones de juego peligrosas: «Nadie quiere vivir lo que hemos vivido en las pistas estos dos últimos días».
Un sentimiento también compartido por Julien Benneteau, hoy retirado, que va aún más lejos: «Esperan que ocurra una tragedia, y puede pasar en cualquier momento. No se tiene en cuenta nuestra salud, quizás deberíamos boicotear».
Estos testimonios impactantes no se limitan a jugadores de segundo plano.
Las mayores figuras del circuito también han dado la voz de alarma. Novak Djokovic ha descrito en varias ocasiones condiciones «al límite de lo soportable», mientras que Rafael Nadal se ha mostrado preocupado por «la seguridad de los jugadores», declarando sentirse incómodo ante las imágenes de atletas en apuros en las pistas.
Las escenas impactantes de la edición 2014
En 2014, la edición marcó los espíritus con escenas chocantes unas tras otras. El canadiense Frank Dancevic se derrumbó en pista durante su primera ronda, víctima del calor. «Ya no podía mantener el equilibrio», explicó tras su abandono ante Benoît Paire.
Un recogepelotas también sufrió un desmayo. En mujeres, Peng Shuai, afectada por calambres y muy tocada, vomitó en pleno partido y declaró: «Es imposible jugar en tales condiciones».
Hay que decir que el calor había sido particularmente agobiante, alcanzando los 43 grados a plena tarde, y 40 grados a la sombra. En total, durante ese segundo día del torneo, nueve jugadores tuvieron que retirarse por el calor.
Sinner víctima de temblores en pista

Más recientemente, un episodio con Jannik Sinner ha reavivado las preocupaciones.
Vencedor del Open de Australia en 2024 y 2025, el italiano vivió un momento particularmente alarmante en un octavo de final ante Holger Rune. En la pista Rod Laver Arena, reputada como más protectora, Sinner muestra signos evidentes de debilidad: manos temblorosas, rostro pálido y necesidad de intervención médica para controlar su nivel de oxígeno.
El calor, combinado con una fuerte humedad, casi le vence. «Fue muy, muy duro. No me sentía bien en absoluto, estaba como aturdido. Ausentarme de la pista y ponerme agua fría en la cabeza me ayudó mucho», confió tras el encuentro.
Si estas escenas se han vuelto familiares en el Open de Australia, los organizadores intentan limitarlas desde hace varias décadas.
¿CUÁLES SON LAS RESPUESTAS ANTE EL CALOR?
Ya en 1988, el Open de Australia se distingue como uno de los torneos pioneros en la toma en cuenta del calor extremo. Ese año, implementa la Extreme Heat Policy (EHP), una política destinada a proteger a los jugadores en caso de canícula en las pistas.
La introducción del techo retráctil en la Rod Laver Arena, también en 1988, se inscribe en esta lógica. En la época, este puede cerrarse cuando la temperatura supera los 39 grados, pero solo a partir de cuartos de final, momento en que todos los encuentros se programan en la pista central.
Un umbral de activación cada vez más bajo
Es hacia finales de los años 90 cuando la EHP empieza a aplicarse a todo el torneo. En 1998, autoriza la suspensión de todos los partidos en curso cuando la temperatura alcanza los 40 grados, marcando una primera generalización de las medidas de protección.
Ante la multiplicación de olas de calor, el dispositivo evoluciona aún más. En 2002, el umbral de activación se rebaja a 38 grados. Al año siguiente, la integración del índice WBGT (Wet Bulb Globe Temperature), que tiene en cuenta la humedad y la radiación solar, permite activar la EHP desde 37 grados, reforzando así la consideración de las condiciones reales sentidas por los jugadores.
«El nivel de humedad no era suficiente para activar la EHP»
Sin embargo, pese a este dispositivo destinado a proteger a los jugadores, el Open de Australia se ve en el centro de una viva polémica durante la muy controvertida edición 2014, cuyas consecuencias ya se han mencionado.
Si los jugadores sufrieron tanto, hasta convertir las pistas en auténticos hornos, la responsabilidad también recae en las decisiones de Wayne McKewen, entonces supervisor del torneo.
Pese a temperaturas que superaban ampliamente el umbral requerido —por encima de 37 grados— para suspender los partidos, este estimó que el bajo nivel de humedad (medido con el WBGT) no justificaba la activación de la Extreme Heat Policy.
«Pese a un calor intenso e incómodo, el bajo nivel de humedad impidió que las condiciones se volvieran suficientemente extremas», explicaba ante los medios.
Una decisión defendida por algunos jugadores, como Roger Federer, que también justificó la continuación de los encuentros: «Todo está en la cabeza. Si has trabajado lo suficiente y estás convencido de poder lograrlo, nada te para. Si no, acabas abandonando».
La implantación de la Heat Stress Scale y de los techos retráctiles

Con los años, Tennis Australia, organizador del evento, ha afinado su dispositivo.
Desde 2023, la suspensión de partidos puede intervenir desde 36 grados, apoyándose en la Heat Stress Scale, una herramienta interna que clasifica las condiciones climáticas de 1 a 5 combinando temperatura, humedad, radiación solar y velocidad del viento.
En complemento, se han reforzado medidas de apoyo: pausas médicas facilitadas, acceso ampliado a cuidados, toallas y bolsas de hielo directamente accesibles en los banquillos, multiplicación de puntos de hidratación para jugadores y recogepelotas.
Equipado con tres pistas con techos retráctiles, el Open de Australia dispone también de esta solución para afrontar las olas de calor. En la Rod Laver Arena, la Margaret Court Arena y la John Cain Arena, los encuentros pueden proseguir pese a temperaturas elevadas, una vez cerrado el techo.
A la inversa, los partidos en pistas exteriores siguen siendo los más directamente sometidos a las restricciones de la Extreme Heat Policy, y por tanto los más expuestos a suspensiones en caso de condiciones extremas.
Pese a estos ajustes sucesivos y un arsenal de medidas cada vez más elaborado, la cuestión de la eficacia real de estos dispositivos sigue planteándose.
¿HASTA DÓNDE PUEDE ADAPTARSE EL OPEN DE AUSTRALIA?
A medida que las herramientas de medición del calor se han perfeccionado, el Open de Australia parece topar sin embargo con una forma de callejón sin salida ante el calentamiento climático. Primer Grand Slam de la temporada, el torneo parece difícilmente desplazable en un calendario ya saturado, donde las fechas de las pruebas mayores están fijadas desde hace mucho.
El uso conjunto del WBGT y de la Heat Stress Scale busca proteger mejor a los jugadores, pero su aplicación ha suscitado regularmente controversias.
Craig Tiley, director del torneo, se ha visto así confrontado en varias ocasiones a la ira de los jugadores, algunos reprochando a la organización que se fíe más a los indicadores climáticos que a las imágenes de sufrimiento visibles en las pistas.
Una programación que favorece a las estrellas
La gestión del calor revela también una desigualdad de trato entre jugadores. Las estrellas, programadas casi exclusivamente en la Rod Laver Arena u otras pistas principales, se benefician de la protección de los techos retráctiles.
A la inversa, los jugadores menos bien clasificados disputan mayoritariamente sus partidos en pistas secundarias, a pleno sol, y sufren de lleno las condiciones extremas.
Aunque algunos campeones no han sido perdonados —como Novak Djokovic, obligado a jugar bajo más de 40 grados ante Gaël Monfils en 2018—, la mayoría de los malestares y abandonos ocurren lejos de los focos. El calor actúa así como un revelador de las fracturas internas del torneo, oponiendo jugadores protegidos y actores más expuestos a lo largo de la quincena.
¿Una inversión masiva necesaria?

Entre las pistas envisagadas, Melbourne podría también optar por invertir en la construcción de nuevas pistas con techos retráctiles. En el plano financiero, Tennis Australia, organizador de la prueba, dispone hoy de márgenes cómodos para envisar tales proyectos.
Tras haber sido fuertemente debilitada por la crisis del Covid-19, la federación australiana ha enderezado sus cuentas de manera espectacular. En 2025, ha registrado ingresos récord superando los 600 millones de dólares australianos (unos 341 millones de euros).
A partir de 2026, el Open de Australia ofrecerá por otra parte más de 100 millones de dólares australianos en premios, un nivel que ilustra la solidez económica recuperada del torneo.
En este contexto, imaginar que Tennis Australia invierta en infraestructuras más modernas, mejor adaptadas a las olas de calor extremo, parece ahora creíble.
Para recordar, el Open de Australia ya había hecho figura de pionero al convertirse, desde 2015, en el primer Grand Slam en disponer de tres pistas cubiertas, adelantando ampliamente a sus competidores.
CUANDO EL CALOR REDIFINE LOS LÍMITES DEL JUEGO
Pese a dispositivos cada vez más sofisticados y un papel de pionero asumido, el Open de Australia choca con los límites de un clima siempre más extremo y un calendario difícilmente modulable.
Entre innovaciones, controversias e desigualdades persistentes, la cuestión ya no es saber si el tenis puede adaptarse, sino hasta dónde puede hacerlo sin poner en peligro la salud de los jugadores. En Melbourne, la batalla se juega ahora tanto contra el rival como contra el termómetro.
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